Cuando ascendí a la cumbre del volcan, me rodeba un paisaje que dificilmente podrás imaginar si nunca lo has visto.
Ya nada parecía real.
Un extraño y desagradable olor inundaba el ambiente, el azufre.
Reinaba el silencio.
Aunque no era silencio lo que yo oía, pues es mis oidos resonaba el viento con fuerza.
Un viento helado que quemaba mi piel.
Pronto el dolor se hizo insoportable en mis manos y orejas. Pero lo peor aun estaba por llegar, pues conforme recobraba calor, el dolor se hacía mas intenso.
Y desde allí pude verlo todo.
Durante un instante pensé, que si miraba bien, podría llegar a ver mi pasado, mi presente y mi futuro.
Desde allí pude comprender como el volcán era dueño y señor de todo cuanto nos rodeaba, y como el mundo, nosotros incluidos, estaba a su merced, dispuesto a ser modificado bajo su voluntad.
Como lo lleva siendo desde hace siglos.